AFRODITA EN CELO
Pensaste en la muerte alguna vez. Incluso la buscaste o ella te buscó a vos. Te habrá pisado los talones sin que lo notaras, o endulzado la nuca con sus tibios jadeos de Afrodita en celo. Se toparon en alguna esquina y sus ojos se posaron sobre los tuyos, desafiantes o solidarios. Le habrás rehuido, enfrentado o abrazado como al último madero en medio del mar (salvador espurio o paradoja de la flotación: hay quienes prefieren salvarse de la vida). Como fuere: frente, delante o detrás de ella siempre se está solo y desnudo.
Pero ¿qué y cuánto es lo que puede decirse o pensarse de cara a la muerte -propia o ajena, esperada o desesperada- si, cuando por fin toma asiento frente a vos -y serenamente ufanada en tan bestial, absoluto e irrevocable opuesto a la vida-, te mira a los ojos y te llama a respetuoso silencio con una sola, muda e irrefutable bofetada: su presencia?
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Pensaste en la muerte alguna vez. Incluso la buscaste o ella te buscó a vos. Te habrá pisado los talones sin que lo notaras, o endulzado la nuca con sus tibios jadeos de Afrodita en celo. Se toparon en alguna esquina y sus ojos se posaron sobre los tuyos, desafiantes o solidarios. Le habrás rehuido, enfrentado o abrazado como al último madero en medio del mar (salvador espurio o paradoja de la flotación: hay quienes prefieren salvarse de la vida). Como fuere: frente, delante o detrás de ella siempre se está solo y desnudo.
Pero ¿qué y cuánto es lo que puede decirse o pensarse de cara a la muerte -propia o ajena, esperada o desesperada- si, cuando por fin toma asiento frente a vos -y serenamente ufanada en tan bestial, absoluto e irrevocable opuesto a la vida-, te mira a los ojos y te llama a respetuoso silencio con una sola, muda e irrefutable bofetada: su presencia?
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